La ciudad gris: la lucha por el rostro de La Plata

La Municipalidad de La Plata está tapando graffitis y arte urbano con el pretexto de la "sanidad" y la "ciudad limpia". Esta campaña, criticada como gentrificadora, está borrando el patrimonio cultural y desplazando la economía informal, dejando un paisaje gris y desolado donde la belleza se ha convertido en sinónimo de valor financiero.


La ciudad gris: la lucha por el rostro de La Plata

Una consigna que se repite y brota como un hongo desde el gris con el que la Municipalidad de La Plata se empeña en tapar todas las fachadas que encuentra grafiteadas o considera desarregladas y descuidadas. Estos modos de habitar lo público terminan, entonces, por "afear" la ciudad.

Por los paredones de la ciudad modelo, capital del higienismo urbano, emblema del orden, la planificación y la limpieza, apareció en estos días un mensaje. Replicado a lo largo y ancho del cuadrado platense, el esténcil sintetiza el rechazo a la iniciativa municipal enmarcada en un plan de obra pública criticado desde varias organizaciones sociales y colectivos artísticos como gentrificador y excluyente; una serie de medidas de "saneamiento" del tejido edilicio cargadas con los residuos más expulsivos del paradigma higienista sobre el que se fundó la capital bonaerense y que incluye, aparte de cubrir la ciudad con gris, el desalojo de vendedores ambulantes, el desmantelamiento de ferias, la criminalización del arte callejero y el desgarro de todo un entramado de actividades que componen formas de la economía popular en un contexto de emergencia económica y crisis social.

La intervención responsabiliza a Julio Alak, intendente de La Plata, por el programa de "restauración" que ya enterró con pintura gris obras en homenaje a Nora Cortiñas, madre de Plaza de Mayo línea fundadora, Julio López, detenido, desaparecido durante la última dictadura militar y vuelto a desaparecer en democracia, y murales que interrumpen la prolija y confortable experiencia de la ciudad planificada, como el de un chico durmiendo en la calle pintado justamente en un hueco donde suelen pasar la noche personas que esquivan la intemperie.

En el fondo de esta aplanadora color ceniza, late el impulso obsesivo de construir una metrópoli funcional, un espacio fluido, lijado de cualquier aspereza que genere fricciones en la circulación del ciudadano con el que fantasea el poder económico: alienado, despolitizado y, por supuesto, con plata en su cuenta para dinamizar el comercio local; un vecino reglado por el texto que le ofrece una ciudad diagramada exclusivamente como una superficie de consumo.

Si desde quienes gestionan el Plan de Recuperación del Espacio Público e impulsan el programa Ciudad Limpia, las medidas —relocalización de la venta ambulante, remodelación urbana sin participación vecinal, persecución de formas informales del trabajo— se presentan justificadas por el "valor del orden y del progreso social", la gentrificación, como clave de lectura, las desnuda en su carácter interesado en favor de la especulación inmobiliaria y la institucionalización de la exclusión.

El mural político, el tipo que se la rebusca en la calle o el pibe que duerme en la vereda se convierten, desde esta perspectiva, en apropiaciones del espacio que profanan los usos canónicos del entorno urbano y suponen un obstáculo para la valorización del suelo y las propiedades.

Por sobre ese fondo plomizo que intenta apagar las huellas de una ciudad viva, emerge, insiste, se lee, Alak es gris oscuro, una pintada contra la avanzada del Programa Ciudad Limpia que, desde su lanzamiento a finales de 2024, cubrió decenas de murales, afiches, pegatinas e intervenciones en el espacio público con la excusa de preservar el trazado urbano.

Se transforma en mercancía. Bajo el gris que uniformiza las calles de La Plata se agitan memorias que insisten, marcas de la disputa por un espacio en común, señas del deseo de un mundo otro. "Una ciudad sin deseo", dice, "allí la gente piensa solo en lo que ya conoce".

Un común denominador las enhebra y les da cohesión aún en sus diferencias: la mayoría persigue la puesta en valor del paisaje platense a costa de los colectivos y personas cuyas prácticas tanto económicas como culturales no se ajustan a las modalidades deseables y esperables concebidas por el imaginario normalizador y punitivista que bien resume el eslogan de la "Ciudad Limpia".

En un enclave urbano con una tradición histórica en muralismo, escenario de luchas y acontecimientos icónicos de la historia reciente que exigen ser transmitidos, cargado de la efervescencia cultural que le inyecta el tránsito permanente de estudiantes tanto de otras zonas del país como del extranjero, las expresiones artísticas quedan relegadas a compartimentos bien delimitados en la geografía de la ciudad. Importa, solamente, poner "linda" la ciudad para que cada metro cuadrado se aprecie un poco más. En esa dirección fueron y van las últimas normativas y propuestas de gestión municipal en materia de arte y cultura.

El mapa platense tiene bien demarcados sus distritos culturales. Se vacía de su potencial disruptivo. No importa que no haya para comer, ni lugar para dormir, ni que la memoria pulse y reclame su lugar en las paredes del barrio. Lo feo lo es porque no vale.

Desde el Código de Convivencia Ciudadana impulsado por el ex intendente Julio Garró, que penalizaba un amplio abanico de actividades culturales cuando eran realizados sin autorización, hasta el reciente proyecto de "Muralismo y Arte Urbano Platense" delineado por el concejal de la Unión Cívica Radical (UCR), Diego Rovella, que desbroza el camino para recrudecer la criminalización de las intervenciones artísticas que no pasen por el filtro del Ejecutivo municipal. En ellos el arte se encapsula con la membrana del pintoresquismo y la identidad barrial. Pero lo feo, se sabe, no es un valor en sí mismo. El conflicto social, así, se reduce a una cuestión estética, porque lo bello es un activo financiero más. Se domestica. Góndolas periféricas que las alojan no sin antes convertirlas en experiencias diseñadas para ser consumidas.

La poeta canadiense Anne Carson invita a pensar en los riesgos de vivir en una ciudad así. No es feo antes de no valer, sino al revés: porque no garpa deviene desagradable.

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